domingo, 22 de noviembre de 2009

I


Esta es la última canción para Eurídice
Caronte ha tirado las amarras
y yo estoy partiendo

La cítara calcinó los árboles
la piel que en la noche
era un inmenso pájaro

Yo en sus ojos
Sembré la estrella transparente
la luz de los ciervos y las mañanas
Bebí de ese fruto la claridad impalpable
Encendí entre sus piernas
la naturaleza que ella tanto quiso

Yo en sus manos
predije este Hades, este insomnio perpetuo
estos parpados que son cenizas entre las aguas

La primera vez que te vi
Vestías como los ríos
Con una túnica transparente
Con unas sandalias que entre la bruma
Desataban el sueño

La primera vez que te vi
Eras un árbol inalcanzable dentro de ese cielo
Que jamás nos perteneció

En su cuerpo los caracoles, los peces resplandecían
Su sexo era un animal triste

Aparté las aguas de su pecho
Abrí el mar como un presagio

Quise encontrarte en esta ciudad inasible
Siguiendo tus pasos como estelas ardiendo
Quise encontrarte y tu voz jamás me volvió a anunciar el alba
Quise escucharla levantar en el viento
Un reino celeste
Quise nuevamente la canción perdida

La lluvia es una piel clara que incendia mis manos…

martes, 3 de noviembre de 2009

Sobre la poesía

Creo que toda poesía nace al borde de la muerte, al borde de la noche y de los ojos y del insomnio. Atravesar el claro de los bosques es ir incendiándose desnudo, terrible. Sentir al amor nombrando objetos inalcanzables, es sentir la poesía o la poética de lo inasible. La labor del poeta no se agota en las imágenes o las palabras, sino en la vida, en la bohemia preciosa que nace de los prostíbulos y los bares. Sentir la poesía es como arrancarle la piel a los ciervos, a los animales que entre la lluvia encienden sus ojos. El poeta jamás miente, porque es la divinidad la que posee su verbo. El poeta debe aceptar la promesa que la noche le deja como herencia (herencia difícil). La calma como ese mar que espera a los amantes no le pertenece, porque él aguarda en los puentes al suicida, para dejarse seducir por la muerte, por la ensoñación inasible de la poesía.


Juega con el fuego en la palma de sus manos
Recorre los bosques ardiendo desnuda
Nuevamente la lluvia en sus ojos nombra ciudades
Es la vida que los náufragos tatúan en las playas
Es la sortija que se abandona en los ríos
Se puebla el otoño en sus labios
La ausencia es un espejo que en la noche se enciende
Tiembla como los claros ciervos del sueño
Ella en sus manos detiene el canto y la sombra
Nuevamente los peces son el fuego secreto
Que entre sus piernas arden…