martes, 20 de octubre de 2009

Recogí tu cuerpo en este cántaro, con estas manos que la noche me legara
Tu piel anuncia la lluvia, el color diáfano del sueño
Amanezco y las ventanas se han ido/ los cielos se guardan entre tus piernas
Tu cuerpo me dejó el humo impalpable de aquellas presencias que al borde de los mares inventan el silencio.
Busqué tu nombre/ la razón de estas navajas y estas flores que la noche hace cierta/ el tacto húmedo creado de tu nombre
El cielo era una habitación vacía / una danza oscura que se olvida de pronto…
Eras la mujer desnuda que se rompe entre los árboles/ la evocación diáfana de los ciervos.
Eras la promesa, el naufragio lleno de peces y de insomnios / la levedad de una patria inhabitable…
Te seguí, entre las hojas ibas dejando un rastro de fuego/ vi tu cuerpo desnudo bañando los ríos, tu sexo era un talismán inmenso, la palabra que legitima al amor.
Mis ojos humeaban como la estrella que entre las aguas se hunde/
Entonces
ame el fuego el silencio la noche…